Viajes por el Mundo

CATAROS

Introducción

Introducción

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La religión cátara parte de un principio de interpretación distinto del Nuevo Testamento del que hacían los católicos: su principal característica es no aceptar la idea de que el mundo material con sus sufrimientos y desgracias puede ser obra de Dios, el cual es sólo bondad.

El origen hay que buscarlo en la consabida idea de dos principios opuestos, el Bien y el Mal, que dominan el mundo; el alma es presa de la materia y sólo puede salvarse a través del conocimiento. Parece ser que allá por el siglo X los llamados "Bogomilos" (amigos de Dios) predicaban en Bulgaria, esta región dualista, que se fue extendiendo por el Norte de Italia, la Lombardía y el Mediodía francés hasta llegar a Inglaterra.

No se puede entender que un solo ser haya podido crear el reino del Mal, de las Tinieblas y a la vez el reino del Amor, de la Luz. Por lo tanto se admite que Dios es Todopoderoso en el Bien, pero su poder está limitado por su infinita bondad y a Él se contrapone el demonio. El primero está representado por el espíritu (el alma) y el segundo por la carne. Por la vía del conocimiento revelado a los hombres por Cristo, el alma se libera de lo material y entra en contacto con Dios. Sólo el bautismo -no el que se realiza con el agua, sino el que administró Cristo a los apóstoles- permite el acceso al estado "perfecto", sin lo cual el alma irá a parar a otro cuerpo a la espera de acceder un día al "conocimiento" (idea de reencarnación).

Este bautismo espiritual, del que los cátaros se consideran los detentores, es llamada consolament en la lengua occitana. Se administra solamente a los creyentes que lo desean, después de un período de iniciación junto a otros "perfectos". Consiste en una serie de oraciones y palabras rituales y encierra los tres principios básicos del catarismo: revelación, ordenación y extremaunción.

Los "perfectos" viven en comunidades laborales sin distinción de clases. Los hombres tienen la obligación de socorrer y predicar (hacer el bien), bajo unas reglas muy estrictas: no deben matar animales, pues en ellos puede habitar un alma en espera de la revelación; por lo tanto no comen carne, ni cualquier otro alimento de origen animal (leche, huevos, etc.), solamente frutas, verduras y animales de sangre fría como el pescado; no mantienen relaciones sexuales, ya que esto crearía un atraso en la liberación de las almas; no pueden realizar juramentos de fidelidad y deben trabajar sea cual fuere su clase social.

El simple creyente no está obligado a seguir estar reglas tan estrictas, que debe cumplir sólo el "perfecto", pues es una obligación prepararse para recibir el consolament. Sin embargo, para entender esta idea que se afianzó en el Languedoc en los siglos XII y XIII hay que situarla en el contexto histórico de la época. Hay que partir de la situación que se vivía en esos años en la Edad Media en Europa, con un mundo completamente injusto, donde la pobreza hacia mella en la mayoría de las gentes y la iglesia, aliada de los poderosos, nadaba en la abundancia.

Es después del Concilio de San Félix de Caramán, en el año 1167, que se produce el nombramiento de los cuatro primeros obispos cátaros del Languedoc.

Esta iglesia también estaba dividida en diócesis, con un obispo al frente, al que acompañaban una serie de jerarquías, formando los "perfectos" y los creyentes la base social de la pirámide de esta sociedad, que a la mitad del siglo XII se extendió por la región de la Champagne, la Lombardía, la Toscana y los Balcanes, además del Languedoc.

Estaba claro que la iglesia católica, establecida en Roma, no podía dejar que unas ideas tan peligrosas, que atacaban los cimientos de la sociedad feudal en la que la propia iglesia se basaba, fueran afianzándose en unas tierras antaño católicas. Es después de enviar a predicar sin éxito a Santo Domingo de Guzmán, las palabras del cual no dejan lugar a ninguna duda (·allí donde la bendición no sea escuchada, se hará ori el garrote"), que decide condenar la herejía e insta a los barones católicos a combatirla, con el aliciente de que podrán quedarse con las tierras y bienes de los insurrectos.

(Extracto sacado de "Aude, País Cátaro" de la editorial Cúpula, dentro de la colección de guías del "Camino Verde".