|
podía temer que los ingleses mirasen con malos ojos
la intrusión de los continentales en sus asuntos. También
parecía oportuno dejar que los británicos reparasen
por sí mismos el error cometido no previniendo a tiempo
el apoyo necesario para Franklin. Bellot aseguró la
presencia francesa, no sin autorización de sus jefes,
y causó por su arrojo y su ciencia la admiración
de Kennedy.
Era éste un viejo ballenero duro de pelar, que hablaba
el francés del Canadá y pretendía volver
a traducir la Biblia, abandonando la navegación para
establecerse en Baffin y enseñar el Evangelio a los
esquimales. Para asegurarse de que leería las instrucciones
recibidas, lady Franklin y sus consejeros decidieron intercalarlas
con plegarias. Se desterró el alcohol del barco, excepto
en la farmacia.
El
Prince-Albert
pasó el invierno de 1851-1852 en la bahía Batty,
a 73º N. en la costa este de Somerset, a no mucha distancia
al norte del depósito Fury, construido por Parry. Abandonando
el barco a principios de marzo de 1852, Kennedy y Bellot,
con otros cinco hombres, todos equipados a estilo esquimal,
cruzaron el istmo que se suponía unir Somerset a Boothia,
encontrando al oeste un canal muy estrecho, de una milla de
ancho y dieciocho de largo, llamado en la actualidad estrecho
de Bellot. Caminando luego en dirección oeste exploraron
la isla del Príncipe de Gales en su parte norte, tocaron
en cabo Walker, primer objetivo de Franklin, y regresaron
al barco el 30 de mayo, sin resultado.
Bellot y Kennedy fueron los primeros en adoptar las costumbres
esquimales, construyendo iglus, utilizando el trineo de perros,
y se abrigaron con trajes de piel, pero su alimentación,
a base de té y pemmicán no pudo impedir que
el escorbuto hiciese entre los hombres grandes estragos.
Hubo entre ambos exploradores divergencias corteses, porque
Kennedy se atuvo rigurosamente a su misión de búsqueda,
negándose al transporte de material científico,
que dejó a bordo del
Prince-Albert y
entre el que se hallaba el horizonte artificial de mercurio,
por cuya razón los trazados efectuados al azar carecían
de precisión. Sin embargo, Kennedy adquirió
tal estima por su segundo que se hallaba dispuesto a partir
de nuevo en 1853, pero esta vez a las órdenes de Bellot.
Rehusó éste por discreción, declinando
también el honor de mandar el
Isabelle,
que deseaba confiarle lady Franklin.
El joven francés murió al año siguiente
(1854), ahogado frente al cabo Bowden, al oeste de la isla
Devon, cuando conducía un destacamento sobre los hielos
del canal Wellington, al cual había llegado en el
Phoenix,
mandado por Inglefield. "He conocido otros que podían
igualarle, pero nunca que le fuesen superiores", afirmaba
el explorador inglés Sabine. |