La avestruz. Aunque basado en hechos reales algunos datos han sido modificados

Hace algún tiempo, suficiente para trasladarnos a una época en la que aventura no era una actividad común, me encontraba camino de uno de los puntos de ruta que la organización había trazado en el mapa como obligatorios de paso.

Las lecturas eran claras y varias las posibilidades para alcanzarlo. un gran numero, casi la totalidad de vehículos participantes, opto por la «ruta fácil», y yo en un ataque de individualismo, o tal vez por el simple hecho de llevar la contraria decidí aventurarme por una de las alternativas. No tarde mucho en verme libre de los últimos remordimientos que me quedaban provocados por la incertidumbre de la decisión tomada, puesto que ante mi y coronando una inmensa meseta se extendía una llanura de gran belleza en que el manto de hierba, alta y tostada por el sol, únicamente se rompía con la silueta de algunas acacias lejanas.

Tal vez fue en ese momento cuando debía haber comenzado a sospechar que tanto la familiaridad del paisaje, como aquel sofocante calor, se antojaban lúgubres presagios de cualquier final no deseado, sin embargo confiante me deje embargar por aquel ambiente creado combinando luz, tierra y aire, los eternos tres elementos, que suplían la falta de agua con aquella rara y propia belleza, dura y agreste. Algunos kilómetros después y como tratándose de una amante celosa, esa misma belleza fue la que intentó eliminar todo aquello que se interponía entre nosotros, provocando en mi la necesidad de ofrecer a todo cuanto me rodeaba un estadio superior de intimidad. Ya no conseguía soportar el ruido del motor, era una barrera que se interponía entre nosotros, aunque por otra parte intentaba convencerme que era un mal necesario para poder estar allí.

or fin dando rienda suelta a mis deseos, tal vez demasiado influenciados, acabe parando aquella máquina infernal para salir, dejándome envolver por los aromas, que tornados sofocantes por el calor, me ofrecían la tierra, la hierba, y sobre todo el silencio apenas interrumpido por alguna tímida brisa que ocasionalmente nos envolvía aumentando las dosis de placer de aquel momento. De repente todos los nervios de mi cuerpo reaccionaron, mi espalda se tenso al mismo tiempo que todos los sistemas de alerta de mi organismo me sacaban de lo que unas décimas de segundos antes había sido uno de los momentos mas deliciosos de mi vida. Unas débiles pisadas en la hierba, captadas en la parte posterior de mi estática situación eran las causantes de aquel desasosiego. Por mi mente se cruzaron una decena de animales de clases, especies y tamaños diferentes, incluidos los humanos, que curiosamente no deseaba ver en aquel momento, lo que me dio tiempo para recuperar la respiración y notar como al mismo tiempo iba recuperando también el riego sanguíneo en la cabeza y decidir, eso si, muy lentamente darme la vuelta para dar un vistazo y presentarme al inesperado visitante.

Afortunadamente no era ninguno de los candidatos de mi lista mental, aunque no dejo de sorprenderme la mirada, no se si tan grandes como lo míos en aquella altura, de aquellos dos grandes y azabaches ojos, protagonistas de una proporcionada cabeza y un largo y estilizado cuello, fue una lenta y profunda mirada que no economizó recursos al contemplar del mismo modo el resto de su cuerpo y sobre todo aquellas largas piernas, o mejor dicho aquellas patas, por que mi visitante era un hermoso ejemplar de avestruz que parecía como mínimo tan sorprendido como yo. Mis pensamientos tomaron entonces otro rumbo y cuestionando que sorpresa el destino me había reservado o que malévola combinación de ingredientes habían podido romper la dimensión espacio-tiempo para trasladarme a otro lugar y tal vez a otra época. Poco a poco las piezas del rompecabezas se unieron dando forma a la historia, aquel calor, aquel paisaje, el ocre de la tierra, la avestruz !!!. Me confesé débil y dependiente pero al mismo tiempo suspire aliviado al ver que mi máquina también estaba allí y fuera lo que fuese lo que hubiese pasado, también estaban allí los equipos de navegación y comunicaciones, el agua, la comida, y aquel lagarto verde de goma que siempre me acompaña. Tal vez tuviese alguna hipótesis sin los medios técnicos, tal vez encontrase comida y agua, pero seguro que no sobreviviría sin el cariño y la compañía de juantxo.

La sensación de angustia fue poco a poco sustituida por una cálida sensación de bienestar, la preocupación fue dejando paso a un hilo creciente de adrenalina que lejos de inquietarme me hacia disfrutar con el misterio de una nueva aventura que parecía comenzar. Una vez mas el silencio se quebró en un quejido, en esta ocasión mi amiga la avestruz, no se si despidiéndose o indispuesta por las elucubraciones que me consumían decidió despedirse a su manera y mostrando una atrevida falta de respeto siguió su ruta, rozándome al pasar. Fue ahí, donde yo también desperté de mi encantación para aterrizar una vez mas en la realidad que como es habitual me ofreció su lado mas crudo para hacerme comprender que mi sabana africana era en el fondo una llanura del Alentejo Portugués, mis acacias en la lontananza no eran sino alcornoques solitarios, descendientes y memoria viva de lo que fue en tiempos un gran bosque y por fin, mi amiga la avestruz, la única verdadera en este asunto, era una prófuga, fugitiva de una granja cercana. Yo sin embargo todavía mantengo vivas algunas de aquellas sensaciones y de vez en cuando me gusta recordarlas y como ahora compartirlas con mis amigos. Y es que a veces, las cosas no son como parecen, ¿O si?

Oscar Hernández

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